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Elijo esta vez lo viejo. Revisitado.

Lo elijo porque es Almodovar.

Almodovar me gusta siempre. Desde Pepi Luci Bom y otras chicas del montón, hasta ésta, la última.

30 minutos. Ni un respiro.

Su cortometraje.

Y es nuevo porque es un corto. Y es en inglés, y su estética es moderna.

Lo viejo: probablemente no está bien dicho.

Tal vez lo clásico le vaya mejor.

Una conmovedora obra de teatro. Cocteau: La voz humana.

Hasta ahora, solo la había leído.

Esta vez, ella tiene cara, fuerza.

Su voz se hizo audible. En inglés.

Se encarnó en el expresivo cuerpo de Tilda Swinton.

Colores intensos. Contrastes deslumbrantes. Imágenes que impactan.

Y aquello escrito en 1938 se hace actual.

Y el texto es otro y conserva algo de lo mismo.

La voz al teléfono. “Basta con referirse a la experiencia cotidiana que en efecto tenemos de la voz bajo una forma aislada -justo allí donde Cocteau, con mucha pertinencia y olfato, supo mostrarnos su incidencia pura-, a saber, en el teléfono.”[1] Así se refirió Lacan en 1959 a esta obra de teatro.

La voz humana es la de ella.

A él, lo sabemos del otro lado del teléfono.

¿Dónde?

Esta vez al igual que ella, en Barcelona.

El monólogo, palabras de desesperación de una mujer dejada.

Lamartine lo escribió: “un solo ser te falta y todo el mundo está despoblado”.

Tilda Swinton transmite esa falta con vehemencia.

La cámara nos sorprende. Filma desde arriba. Vemos que es un estudio de grabación.

Las insignias del hoy están. Su voz a través de un iphone. La voz de su amante en sus airpods. Psicofármacos de diferentes colores y tamaños. Su vestimenta. El departamento exquisito, iluminación envolvente, muebles de diseñadores top, estatuitas de Malevich, cafetera Nespresso.

Ella intenta hacer de cuenta que todo está en orden. Que no pasa nada. Que su ausencia no se hizo presente. Que los cuatro días sin verlo transcurrieron en paz. Que esa no es, aunque lo sabe, la última llamada. Que lo de ellos no se terminó.

Sin embargo, su demanda de amor toma la delantera.

Va hasta el límite.

La demanda de amor, tal como nos lo enseña Lacan en el Seminario XX puede desembocar en ignorar el deseo. “Cuando lo miramos de cerca, vemos sus estragos.”[2]

Y Tilda decide terminar.

El fuego completa la escena.

Arde el set.

Almodovar elige y nos devuelve aire.

Tilda Swinton se retira con su border collie.

Mascota adorable. Era de él. Lo extrañaba, lo esperaba. Olfateaba sus valijas listas en la puerta de la casa.

EL border collie ahora es de ella. Se percibe ahí su cambio de posición.
Ya no demanda amor. Es ella el amo.

Tranquila, se retira.

Al concluir, un efecto de muñecas rusas.

La obra de Cocteau, dentro del film de Almodovar, la casa de ella, dentro de un set de filmación, ahí mismo otro set, nosotros al otro lado de la pantalla observando, y tal vez, más lejos él atisbando el humo…

Débora Rabinovich


[1] Lacan J. , El Seminario Libro 6, Ed Paidos p. 431.

[2] Lacan J., El Seminario Libro 20, Ed Paidos, p 11 fr