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Marcia Zucchi (EBP/AMP)

 

La pandemia, con sus medidas de aislamiento, generó convivencias intensas con varios efectos, entre los cuales está el desvelamiento de la extrañeza del otro y la propia. Lo extraño sin los recubrimientos del deseo produce angustia. Vimos aumentar mucho los cuadros de violencia familiar en este período. La investigación del Foro Brasileño de Seguridad Publica[1] revela un aumento de 431% en los registros de violencia familiar en Brasil ya en los primeros meses de la pandemia. ¿Sería esa violencia efecto de la angustia producida por las restricciones de la pandemia? ¿Puede el deseo del analista ser un instrumento ante esa violencia?

La familia es vista dentro del sentido común como lugar de amor y protección. Este equívoco nos afecta a todos. Sabemos, sin embargo, que la idea de protección, además de ser variable en el tiempo y en las culturas, depende de las condiciones sociales de cada familia. Pero el punto esencial es que en la familia se construye el Otro para el sujeto. Donde él aprende la lengua materna.

Sin embargo, como destaca Miller, apoyado en Lacan, la familia se organiza escondiendo el goce que, por su naturaleza uniana, no se socializa. Este está en el centro de los secretos de familia.

Un aspecto que llama la atención es que en la pandemia el aumento de la violencia doméstica se dio en todos los estratos sociales.

La mayor fuente de segregación y violencia contra la alteridad, sin embargo, ocurre cuando ésta porta los signos del goce que el sujeto rechaza. El goce, como lo que de la pulsión escapa a las tramas significantes, es vivido como extraño. Eric Laurent en el texto “Racismo 2.0”[2] retoma lo que Lacan destacará en “Televisión” acerca del aumento del racismo, afirmando que “No sabemos lo que es el goce con el que nos podríamos orientar. Sólo sabemos rechazar el goce del otro”. De ahí el ímpetu a colonizarlo, a normatizarlo, y cuando no, a abolirlo. En palabras de Laurent (2006), “Esos goces múltiples fragmentan el lazo social”.

¿Podríamos sustentar que, en la pandemia, el recurso a la palabra como límite a la violencia habría quedado más restringido por la limitación espacial de los cuerpos? Las personas permanecieron juntas (a veces, excesivamente), pero eso no les garantizó espacios de intercambio. Tomo aquí la noción de intercambio propuesta por Nohemí Brown, en su texto en la página web de la EBP[3], cuando afirma que el intercambio, más  que intercambiar saberes, localiza su límite y abre brechas, a través de la sorpresa, para el bien-decir y para nuevos modos de abordar las preguntas.

Si la pulsión siempre se satisface y el goce insiste e itera, la limitación de los recursos simbólicos para la satisfacción de la pulsión hace aumentar la violencia. ¿El espacio de intercambio, o del lazo con el Otro – un modo de amor –, podría localizar los goces en juego?

Parece posible pensar que el estrechamiento de la convivencia haya limitado los espacios de separación por donde circulan los discursos y el deseo, y donde el goce ganaría alguna suerte de localización. En la ausencia de esa separación, la violencia de la pulsión de muerte solo tiene al prójimo y al cuerpo (propio y del Otro) como destino.

El deseo del analista, en cuanto deseo de producción de diferencia y de singularidad, tal vez pueda favorecer el lazo amoroso con las palabras en diversos campos y, así, enfrentar la violencia que se viene diseminando, no solo en las familias, sino en el país y en el mundo.

 


 

[1]  Investigación del Foro de seguridad pública divulgada por el Instituto Brasileño de Derecho de la Familia. Link: https://ibdfam.org.br/noticias/7234/Crescem+os+n%c3%bameros+de+viol%c3%aancia+dom%c3%a9stica+no+Brasil+durante+o+per%c3%adodo+de+quarentena

[2] Laurent, E. Racismo 2.0.   En: Lacan Cotidiano, n.371. 2006. Link: http://www.eol.org.ar/biblioteca/lacancotidiano/LC-cero-371.pdf  

[3] Brown, N. “Momentos de Inter-cambio”.  Link: https://www.ebp.org.br/carteis-e-intercambios/intercambios/